Se cumplen 50 años de la llegada de Safesa Ibérica a Aranda de Duero

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Enrique Inaraja y María Antonia Álvarez fueron los pioneros que comenzaron a construir la historia de Glaxo en Aranda en 1976. Ambos formaron parte del primer equipo que llegó a la localidad el 13 de octubre de 1976 para estudiar la instalación de la compañía. Sus primeros trabajos se desarrollaron en un antiguo lavadero del colegio de las Francesas, antes de que comenzara la construcción de la fábrica.

 

Aranda de Duero comenzó a escribir su historia industrial con Glaxo mucho antes de que la fábrica que hoy conocemos empezara a levantarse. El 13 de octubre de 1976, un pequeño grupo de profesionales llegó a la localidad con la misión de estudiar el terreno y sentar las bases de un proyecto que, con el paso de los años, se convertiría en una de las grandes referencias empresariales de la ciudad.

Cincuenta años después de aquella llegada, Enrique Inaraja y María Antonia Álvarez Pedraclio han recordado en Televisión Aranda cómo fueron aquellos primeros pasos, las dificultades iniciales y algunas de las anécdotas que marcaron los comienzos de la compañía.

La elección de Aranda no fue casual. En un primer momento, la empresa tenía previsto instalar su fábrica en Alcalá de Henares, pero el proyecto no salió adelante debido a que una autopista atravesaba la parcela prevista. A partir de ahí comenzó la búsqueda de otras ubicaciones industriales, entre ellas Aranda de Duero, Manzanares y una localidad de Valencia.

Enrique formó parte del equipo encargado de visitar los terrenos y valorar sus posibilidades desde el punto de vista técnico. Durante aquellas primeras visitas tenían instrucciones de no acudir al Ayuntamiento ni realizar consultas oficiales: debían recabar información directamente de los vecinos y de las personas que trabajaban en la zona industrial.

Finalmente, Aranda reunió las condiciones necesarias. Su situación junto a la Nacional I, las comunicaciones con Madrid, Burgos y Valladolid, las características de las parcelas y las posibilidades de ampliación fueron algunos de los factores determinantes. También existían dudas sobre la disponibilidad de trabajadores, debido a una reciente huelga en Michelin, aunque finalmente esa cuestión no supuso un impedimento.

Un laboratorio en el antiguo colegio de las Francesas

Antes de que la fábrica estuviera construida, los primeros trabajadores tuvieron que buscar un espacio donde comenzar su actividad. Lo encontraron en uno de los antiguos lavaderos del colegio de las Francesas, que acondicionaron como laboratorio.

Hasta allí llegó desde Madrid el material de un pequeño laboratorio: reactivos, productos y diferentes equipos con los que comenzaron a trabajar. El grupo fue organizando el espacio como podía, colocando matraces, estufas y espectrofotómetros en unas instalaciones que, según recuerdan, distaban mucho de las condiciones de seguridad actuales.

Entre las tareas que realizaban estaban los análisis de productos farmacéuticos, como la crema Venomate, para comprobar la actividad de sus componentes. María Antonia recuerda las condiciones de trabajo de aquella época con cierta incredulidad: no disponían de campanas de extracción ni de otros sistemas de protección que hoy resultarían imprescindibles. Incluso utilizaban pipetas aspirando directamente con la boca, una práctica que ahora consideran impensable.

La actividad también despertó la curiosidad de los vecinos. La presencia de la empresa en el colegio de las Francesas llevó a algunos a pensar que quienes trabajaban allí pertenecían a la congregación religiosa. Tanto es así que, según cuentan, recibían llamadas telefónicas preguntando por supuestos religiosos.

Otra de las historias que recuerdan tiene que ver con unas plantas de la parcela destinadas a obtener solasodina, una sustancia utilizada posteriormente en la fabricación de corticoides. Al verlas, algunos vecinos llegaron a pensar que la empresa estaba cultivando plantas para fabricar píldoras anticonceptivas. Una confusión que, con el tiempo, se convirtió en una de las anécdotas más recordadas de aquellos primeros años.

Llegar a Aranda pensando que sería algo temporal

La llegada a la localidad también supuso un cambio personal para quienes formaron parte de aquel primer equipo. María Antonia, que había trabajado anteriormente en otros lugares y contaba con conocimientos de inglés, encontró la oportunidad de incorporarse al proyecto a través de una oferta de empleo para auxiliares de laboratorio.

La posibilidad de participar en la puesta en marcha de una fábrica nueva terminó inclinando la balanza. Aunque inicialmente pensaba quedarse en Aranda tres o cuatro años, cinco como máximo, finalmente decidió establecerse en la ciudad.

Una historia parecida vivió Enrique, que también llegó pensando que su estancia sería provisional. De hecho, recuerda una anécdota especialmente significativa: había dejado su anterior empleo el 19 de noviembre de 1975 para incorporarse al nuevo proyecto al día siguiente. Sin embargo, aquella mañana, al conocer por la radio la muerte de Franco, acudió al lugar de trabajo y se encontró con la puerta cerrada. Sin documentación ni teléfonos de contacto, pasó unas horas de incertidumbre hasta que la empresa consiguió localizarle y aclarar la situación.

De un pequeño grupo a una gran fábrica

Mientras se preparaba la construcción de las instalaciones definitivas, el equipo fue creciendo poco a poco. Algunos trabajadores se desplazaban hasta Granollers, en Barcelona, para formarse en las distintas áreas de producción, acondicionamiento y trabajo en salas estériles.

Aquellos viajes fueron constantes. Enrique recuerda que llegó a recorrer 23.000 kilómetros en apenas cuatro meses y medio con un Seat 1430 blanco de la empresa, principalmente en desplazamientos entre Madrid, Barcelona y Aranda.

La construcción de la fábrica comenzó entre finales de 1977 y comienzos de 1978, después de superar las dificultades que planteaba el terreno, una zona pantanosa con abundante agua. Mientras tanto, la actividad continuaba desarrollándose fuera de Aranda y los trabajadores se preparaban para el traslado definitivo.

Los primeros años estuvieron marcados por el esfuerzo, pero también por un ambiente de cercanía. Recuerdan que la primera cena de Navidad reunió únicamente a ocho personas y que organizaron un pequeño amigo invisible con aportaciones de cinco o diez pesetas. Con el paso del tiempo, la plantilla fue aumentando hasta alcanzar alrededor de 115 o 120 trabajadores cuando se incorporó el equipo procedente de Barcelona.

La dimensión actual de la compañía queda muy lejos de aquellos comienzos. Durante la entrevista, los protagonistas calculaban que hoy la plantilla podría rondar las 600 o 700 personas, aunque no ofrecieron una cifra exacta. Medio siglo después de aquella primera llegada, Enrique y María Antonia conservan el recuerdo de una etapa de trabajo intenso, improvisación y compañerismo. Una historia que comenzó en un pequeño laboratorio del colegio de las Francesas y que terminó convirtiéndose en una parte fundamental del desarrollo industrial de Aranda de Duero.

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